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El Cuchitril del Surrealista Realista |
SEPTIEMBRE / 2010 - Entrevista |
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¿Pablo, cuando fue la primera vez que te pico el "bichito" de dibujar? La primera vez me parece que me pico viendo, viendo una revista y viendo a un tío mío llamado Santiago que le gustaba dibujar. Él dibujaba porque sí, entonces un día realizó un dibujo de guerra con mucho verde que me encanto y se lo afané. Lo lleve a la casa donde estaba viviendo en ese momento y lo guardé en un sótano junto con algunas revistas como la Satiricón. Mi criterio era guardar el material para “ver”. Con el tiempo las ratas se encargaron de borrar la evidencia. (Risas)
¿Cómo empezás entonces a dibujar? Empecé copiando a Perón, a Cámpora. Después con los años me enteré que algunos de esos dibujos eran de Sabat, otros de Pérez D'Elías. Para mi era interesante el hecho de sentarme a dibujar, recuerdo que esa sensación la experimente dibujando un póster de Bambi que tenia.
¿Qué edad tenías y con que materiales trabajabas? Era muy chico, siete u ocho años más o menos. Dibujaba y pintaba. En ese momento solo había lápices y fibras. Era muy chico y usaba lo que encontraba para dibujar: hojas rayadas, cuadriculadas. No tenía económicamente la posibilidad de decir “hoy tengo acuarelas”. Era lo que tenia flotando en la mesa. Por ejemplo ni siquiera conocía e termino acuarela. Todo empezó con una revista que no recuerdo como llegó a mi casa. Después empecé a copiar y hacia una página por día, cuando terminaba salía a la calle a mostrarle mis dibujos a los vecinos de enfrente. Lo copiaba con un marcador negro. Para esto yo ya estaba en el primer año del secundario, iba a un colegio técnico alemán en Moreno. La sensación que tenia en ese momento era que quería dibujar. Un día estaba en el colegio y me dieron un pedacito de una biela de un motor. Me dijieron que tenía que hacer cuatro dibujitos desde distintos ángulos y yo hice ciento cincuenta. (Risas) El profesor me dijo “tenés que elegir solo cuatro, esto no es lo que yo pedí”. Puedo decir que es ahí que me gusto empezar a dibujar.
¿Te gustaba hacer dibujos técnicos? Sí, pero lo que más me gustaba era tener todo tipo de elementos para mí: un pistolete, un tablero, una regla te de madera, unas escuadras. Creo que ahí comencé a tener la prolijidad de la línea. Empecé a ver que si uno tiene cierta delicadeza con un trozo y otro trozo finito se generaba una cosa que me encantaba y aun hoy me sigue encantando. Es como una finura, una cosa adictiva para el ojo.
¿Quiénes fueron tus referentes en los inicios? Al principio estaba flotando lo que veía en el diario. Yo necesitaba ver el diario porque era lo que tenia siempre a mano. Después con el tiempo me fui dando cuenta quienes eran. Te puedo decir que uno de los primeros fue Fontanarrosa, Bróccoli y Ferro. De Ferro leía una historieta que salía en la revista meteoro que era un cowboy que estaba arriba de una vaca. Con los años tuve la posibilidad de que me de una clase en su casa y entre lo que me mostró apareció ese personaje y me bolo la cabeza. Cuando era chico mi mamá me compraba la revista y yo disfrutaba mucho esa historieta. No leía mucho mas, yo vivía en el barrio, jugaba a la pelota. De adolescente miraba mucha tele, muchas películas.
¿A que te dedicaste antes de trabajar profesionalmente como ilustrador? Hice de todo, fui atorrante (risas). Fui diseñador de escenografías, diseñador de tarjetas, trabajaba en imprentas.
¿A la par seguías dibujando? Si, por supuesto. Cuando no me podía mantener económicamente con el dibujo trabajaba de otra cosa, pero siempre seguía haciendo historietas. En realidad lo que necesitaba y deseaba era dibujar. Eso es lo que me gratificaba.
¿Tu familia te apoyo en esta iniciativa? Mi familia nunca fue un público artístico, no tenían cultura artística. Pero si les gustaba lo que hacia, y sobretodo lo querían. Sinceramente yo me sentí muy querido más que entendido. Me demostraban afecto más que entender mis trabajos, es más estoy seguro que no entendían nada.(Sonríe)
¿Dónde te capacitaste y estudiaste para complementar esas ganas de dibujar que tenías? Mientras estaba en el secundario mi vieja me da la posibilidad de estudiar con Carlos Garaycochea. No me acuerdo si lo garpaba yo o mi vieja, lo mas probable es mi vieja. (Risas) Pero ella me decía: “vos vas pero no dejas de estudiar”. Yo estudiaba de mañana y tarde y a la noche hacia el curso. Me tomaba el tren Sarmiento e iba a los talleres de la noche. Ahí despuntaba el vicio. Puedo decir que por suerte conocí a gente increíble. Lo vi a Ferro, vi pasar a Lino Palacios, también vi por primera vez un original de Fontanarrosa. Cuando salía me pasaba que volver a Padua era muy divertido, viajar en el tren era divertido. Cuando llegaba a Padua compraba en un quiosquito al lado del Cine (NDR. que hoy lamentablemente ya no existe mas) una latita de gaseosa y dos alfajores de chocolate, era lo que me alcanzaba en ese momento. Entonces me iba caminando hasta mi casa por la Avenida Rivadavia tratando de que eso me aguantara y recordando las cosas que había hecho y aprendido en el curso. Era un momento muy placentero para mí.
¿Qué rescatas de esa experiencia? Yo en el curso vivía haciendo preguntas, rompiendo las pelotas. Así creo que debe ser la relación entre el profesor y el alumno. A mi me estimula que venga a romperme las pelotas un tipo que yo sé que viene con ganas de saber. Y que me genere un desafío a mi también poder responderle la inquietud. Como todo dibujante tengo desafíos, pero cuando me lo genera un alumno es doblemente estimulante. No solo porque deseas salir airoso sino porque comprobás que por ahí pasaste vos en algún momento. Existe una mala idea que tienen los alumnos que se cree que uno por ser profesor no pasas por los problemas que pasa el alumno. La verdad es que atravieso por los mismos problemas lineales, de manchas, tonales y de equilibrio que tiene un alumno, con la única diferencia que los años de trabajo te ayudan a resolverlo.
¿Para eso hay que capacitarse, no? Exacto. Con los años certifico que la idea es encarar el problema con mayor capacidad. Por eso creo que es un error dejar el estudio del dibujo y solamente dibujar. El dibujo te pide más dibujo, pero no más cantidad sino en calidad. Los problemas los tenés que abrir desde otro lado y para eso indudablemente tiene que crecer el artista.
¿Cómo influyo el barrio en tus dibujos de ahora? Mucho, todas mis anécdotas siempre son con gente. Yo lo pienso como una analogía a una caja de colores, hay muchas anécdotas, hay que ir usándolas de a poco, en el momento que es necesario. Están ahí como los colores en la caja.
¿Está relacionado a la búsqueda de caminos que va tomando el artista? Sí, el dibujo es una búsqueda. Pero una búsqueda donde me encontré yo también. O sea que sin querer involucrarse emocionalmente en algún momento del dibujo empezas a hablar de vos. No como detalle autobiográfico, sino con algunas cuestiones que tienen que ver con la sensibilidad: si sos un artista violento, manso, la manera que trabajas los materiales secos, los húmedos, si tenes agresividad para mostrar una imagen y si después tenés el temple de mostrarlo y bancartelo. Entender que por ahí pasa un lenguaje tuyo. Después si el otro lo capta buenísimo, pero hacerme cargo que así también hablo yo con el dibujo. Yo tengo épocas de abundante color, de poco color, de escasos recursos económicos, épocas de ideas frondosas, de sequía.
¿Está vinculado a un estado anímico? Absolutamente. Creo que la conexión de que estas dibujando bien es que sentís que estas dibujando bien, no porque lo ves, es como un clic adentro tuyo.
¿Cómo te llevas con esto del estado anímico y los trabajos editoriales? A mi me gusta la idea de mostrarme siempre, hay tipos que solo muestran lo virtuoso. Yo soy el que a veces hace dibujos virtuosos y otras veces complace a un editar. Pero ese soy yo pensando. Si yo voy a mostrar el mas virtuoso, por una cuestión de lealtad, necesito también mostrar los otros que no tienen tanto vuelo artístico pero si enganchan con una idea comercial. Parece más fácil hacer un dibujo para un editor que para una idea emocional, pero no es así.
¿Hay que cumplir con muchos requisitos o exigencias para publicar en editoriales? Teniendo esa necesidad editorial aceptas que hay muchos trabajos que vos no podes hacer, por ejemplo yo no me siento ducho para hacer laburos donde abunden la anatomía. Por lo general no voy a lo preciso, voy a lo insinuante. Me gusta pensar en la actitud de un personaje y no como son sus músculos.
Eso sin dudas te va formando como artista Claro, pero también se te cierran puertas. Prefiero el humor y no la cuestión seria. Aunque con el tiempo la profesión hace que puedas responder a eso, pero no me siento con ganas de hacerlo. Tampoco soy un humorista. Mi vida es un chiste, pero yo no hago chistes.
¿Cómo te acercas al mundo de la Ilustración Infantil? Es un motivo. Yo tenía ganas de dibujar sapos. La única diferencia que hoy en día se que soy ilustrador. Antes yo simplemente tenía ganas de dibujar cosas, elementos sueltos que eran como excusas para comenzar a desarrollar estéticas.
¿Ya trabajabas profesionalmente con el dibujo? Hice muchos trabajos de publicidad antes de dedicarme a la Ilustración Infantil. Como te conté los tres primeros años del secundario fueron en un colegio técnico y los tres últimos en un colegio técnico publicitario. Ahí empecé a tener la sensación que el arte era lo que necesitaba para vivir, lo confirme en cuarto año. Ver libros de arte, exposiciones eso me abrió mucho la cabeza. A los dieciocho años publique para la Revista Fierro e hice dos tapas de suplementos. Pero me lleve una decepción enorme porque lo que yo quería era dibujar y no se si yo quería salir en una revista. Es medio raro de explicar. Yo estoy enamorado del dibujo, no de la profesión y de ser reconocido o famoso. Ahora quizás si porque hay una madurez.
Es por el camino recorrido... Justamente lo hablaba con Quique Alcatena, me preguntaba por qué tarde tanto en empezar a publicar. Yo empecé a publicar después de los treinta y me pasaba que mas allá de la cuestión anímica en la vida uno tiene que ser responsable de lo que hace. Entonces hay que estudiar mucho, dibujar mucho. En ese entonces empecé a estudiar con Sabat, fui también docente de su taller. No es cuestión de dibujar por dibujar. Hay que ser responsable.
¿Sentís que el trabajo profesional opaca al dibujante? Me da la idea que el trabajo de dibujante te mata como dibujante. En realidad uno tiene que tener un dialogo adentro, seguir el dibujo y seguir el lenguaje mas allá de que si publiques o no. Hay un criterio ahí que si estudiaste poco vas a responder con ese poco, hay que estudiar y trabajar, no dejar nunca de aprender. No publique antes porque creía que tenia que ser maduro, no en lo personal, sino en el dibujo. Casi a los cuarenta años encontré el punto ideal y en el que la Ilustración Infantil me es totalmente increíble para decir las cosas que se pueden decir hasta en una historieta.
¿Cuánto hace que te dedicas a la Ilustración Infantil? Seis años aproximadamente.
¿Los personajes que ilustras se inspiran en personas o animales reales? Algunas cosas si. Sobretodo lo que capto son los movimientos o actitudes, no lo físico
¿Hay cierta reminiscencia a tu infancia? Si, me nutro de las dos cosas. De mis vivencias pasadas y de lo que me rodea. Eso es parte de un trabajo y una búsqueda privada donde por ejemplo dibujo a mis hijos tal cual son o tal cual los veo. Eso no lo público, es sacar una intimidad no necesaria. Pero me sirve para un trabajo personal. Con respecto a mis vivencias pasadas a veces traigo cosas. Por ejemplo hoy estaba pasando en tinta una historieta de Camilo donde el nene vuela.
¿Quién es Camilo? Es un personajito, un nene que tiene un gorro con un lápiz en la cabeza. Está rodeado de lápices, frascos de tintas grandes, mesas que vuelan. Todo lo que me gustaba cuando empecé con el dibujo. Camilo de de a poco fue cambiando sobretodo lo gestual. Antes era más mano, más pies y ahora es más movimiento.
¿Cómo llegas a Ilustrar los libros de Luis Pescetti? Estaban buscando a alguien para refrescar el personaje de Natacha y justo Luis vio unos trabajos míos por Internet. Me llamaron y enseguida empezamos a trabajar. A mi me gustó porque me da muchísima libertad para crear, pero al mismo tiempo esta todo bien marcado lo que tengo que dibujar. Lo que se dibuja es porque realmente es necesario.
¿Cómo definirías el estilo de tus dibujos? Lo primero que ves es que no es un dibujo serio, es un dibujo humorístico y me gusta laburar el trazo. Yo me considero un dibujante, no soy un pintor. Coloreo dignamente bien, pero no tengo la obsesión del color. Puedo vivir sin pintar.
¿Cómo pintas, con la computadora o a mano? Las dos cosas. Con mis dibujos trato de romper siempre con lo que hice ayer. Es distinto pintar que dibujar. Puedo dar unos truquitos de eso. Por ejemplo vos arrancas con la hoja en blanco y cuando haces dos o tres líneas ya intuís que el dibujo va a quedar bien, aunque te falte el noventa y nueve por ciento del dibujo todavía. Pero la idea la tenes. Cuando vos estas pintando es distinto, vos ya tenes el dibujo hecho y a pesar que vos lo ves no podes decir que el dibujo esta terminado hasta que lo terminas.
¿Cómo influye el estado anímico al momento de dibujar? Mucho. Si yo estoy amargado no me dan ganas de dibujar. Igual si tengo que trabajar dibujas hasta con dolor de muela. Pero dibujar por placer si estoy mal no se llega a buen puerto. Si estoy mal trato de ponerme del lado de enfrente y jugar con lo absurdo. Hoy trabajo de esa manera con el lector por ejemplo. Si está esperando una torta, le llevo un pan, y cuando espera un pan le llevo un vaso de agua, o sea nada que ver. Pero eso lo hago primero por mí.
Cambiando de tema ¿Trabajás con escritores? A veces si, a veces no. Cuando yo estoy creando algo por mi cuenta hago un paso y no se donde me va a llevar, solo se que lo voy a dar. Cuando trabajo con escritores es distinto. Lo que más me gusta es no saber a donde voy, sí saber que voy, que la maquina esta andando.
¿Y que sucede cuando te imponen un texto? Algunos ilustradores dicen arrancar por el principio, por el final, que sobrevuelan el texto. Yo hago lo que puedo (risas), en serio lo digo. A veces me di cuenta que todo el trabajo un ratito antes de entregar se puede hacer de otra manera. Si tengo ese tiempo lo arranco de nuevo, mejor dicho vuelvo a trabajar arriba de lo que hice.
¿Eso te lo da la experiencia? Me da la experiencia que soy un inexperto. Va más allá de un juego de palabras.
¿Qué le brindas entonces a los alumnos desde esta perspectiva que vos propones? Les doy el error. Yo necesito que mis alumnos vengan a fallar y que hablemos del error. Nosotros tenemos la suerte que en nuestro trabajo se ve el error. Si yo decido dibujar mal mi dibujo avanza para los dos lados. Esto lo he hablado con muchos dibujantes, cuando uno dibuja mal a lo sumo no esta conectado con su obra pero tu dibujo avanza más allá de tu carga emocional. A mi no me interesa dibujar un “bicep” sino que pienso en la correcta actitud que tendría que tener un tipo que está triste por ejemplo. No busco la sobreactuación.
¿Como te llevas entonces con las cosas del mundo real? Por ejemplo a mi me encanta inventar movimientos que no se encuentran en el mundo real. Mis personajes caminan de una manera que serian muy visuales si existieran, diríamos desde la otra cuadra “Mira quien viene ahí, son los dibujos de Pablo”. Pero gracias a mi error estético con los años estoy empezando a imponer una cuestión acertada. El garabato por ejemplo, esa cosa automática que incluso yo lo meto en lugares donde no se podría meter, ni hablar de contrates, ni de desequilibrios, desniveles, alteraciones con la línea, la tensión de uno en la línea, el reforzar el lenguaje, el no contar nada.
¿Esos son errores o virtudes? Para mi son virtudes. También mostrar un dibujo de espaldas. Yo tengo que molestar con mi dibujo. Con la excusa de entrar con la Ilustración Infantil me encuentro muy gratificante dibujar sapos grandes, autos chiquitos, nubes con formas de dados, bocas grandes, gente que sobreexagera sus movimiento, tazas, teteras o elementos que al dibujarlos de otra manera sean una sorpresa incluso para mi.
¿Cómo reciben los alumnos esta propuesta? Trabajo con el efecto sorpresa. Yo se que ellos van a poder y es inmediato eso. El dibujo tiene que ver con muchas preguntas. Por ejemplo un alumno me dice “yo nunca dibuje un gato sobre una terraza” y yo le pregunto “¿alguna vez te preguntaste tengo ganas de dibujar un gato en una terraza?”. Lo que yo te oriento es hacia el motivo. Una vez que entramos a dibujar eso vos lo ves y empiezan los errores. Ahí esta lo bueno. Uno como dibujante no pasa por muchas situaciones hasta que te las pedís. Yo me pido sapos, tazas, Camilos que salen por una ventana y ahí la sorpresa es doble porque me pido cosas que no están y es muy lindo traerlas al papel. Yo estoy feliz de ser dibujante y la actividad creadora. Creo en el concepto de crear, que uno no tiene nada, un papel blanco y un lápiz y luego se llena de algo.
¿Qué es necesario para que el papel no quede en blanco? Un tercer elemento entre el lápiz y el papel que es la idea. Y hasta me animaría a decir que un cuarto elemento que tiene que ver con la necesidad de la gente de que ese dibujo sea dibujado y no haberlo entendido. La obra de arte se convierte en obra de arte una vez que ha sido entendida.
¿Cuándo fue la primera vez que empezaste a dar clases? La primera vez fue en la casa de mis viejos, con uno o dos alumnitos. Pero creo que uno debe estar capacitado para poder dar clases. Hoy en día creo que dar clases es una especie de devolución, darle al dibujo algo de todo lo que me dio. En el taller me siento “gordo”, como en mi agua. Me gusta con mis alumnos hablar del dibujo, no de los dibujantes.
¿Alguien que nunca dibujo se puede acercar al taller? Absolutamente. Incluso si vos crees que no sabes hacer nada. Por ejemplo si sabes escribir y yo te pido que en una pared y con un pincel gigante me hagas la letra "a" y luego la "o", si bien estas haciendo una letra estás dibujando. En ese momento estás frente a todos los elementos del dibujo: tenés una línea, tenés el control de la forma. El pincel grande es para que te des cuenta que cuando se pinta se hace con todo el cuerpo. Cualquiera puede dibujar.
¿Qué se necesita para ser un buen dibujante? Fundamentalmente tener buenas ideas, no solamente dibujar bien. Es necesario primero tener muchas ganas de dibujar y tener ganas de decir algo. Lo principal es hacer algo muy gratificante para uno mismo, son esos veinte centímetros que hay entre el lápiz y el papel. Para ser un buen dibujante hay que también ser responsable de lo que se publica. Tiene que existir el placer del dibujo más allá de la obra misma, no la búsqueda de la perpetuidad.
¿Qué es lo que mas te intriga o te apasiona de dibujar? Me encanta el misterio que sale de la línea. Eso me permite que mis personajes vayan mutando. Mis personajes hacen los que yo digo. Hay una frase que dice que “una línea es un punto que salio a caminar” y es con eso que me gusta trabajar. Justamente con esa idea es que encaro mi taller.
¿Cómo te ves en un futuro, de que hay ganas? Me veo publicando mis propios libros. Creo que estoy llegando a una madurez donde eso es posible. Pero siempre desconectado de esa cosa de “ser reconocido”, sino disfrutando lo que hago. El arte es bajar la belleza de las cosas abstractas a un papel. Por eso me apasiona dibujar, porque el dibujo siempre es emocional. Y tener muchas ganas de dibujar para mí es fundamental.
El grabador se apaga pero la charla se extiende por un largo rato más. El placer de escuchar las palabras de este artista nos lleva a abrir la mente y pensar las cosas desde otro punto de vista. Dan ganas de hacer, de crear, de inspirar personajes y darle vida, incluso a aquellos que ni siquiera sabemos dibujar. Ojala a quienes lean esta entrevista les pase lo mismo. Un placer. ¡Hasta la próxima nota!
Loreley Riccardi Si querés conocer un poco más acerca del Taller de Ilustración Infantil que da Pablo Fernández en el espacio "El Cuchitril del Surrealista Realista" te invitamos a visitar: http://www.elcuchitril.com.ar/ilustracion_infantil.htm
NDR. La entrevista es un poco extensa, pero las palabras de este artista no permitían recortes.
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